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¿Porqué sufrimos?

Hace años, cuando antes de formarme empecé a hacer mi propia terapia, mi terapeuta me explicó en la segunda o tercera sesión un cuento. Con el paso del tiempo he ido adaptando ese cuento en mi memoria. Cuando lo escuché reconozco no comprender bien lo que me quería decir. Tenía que ver con mi momento personal y me dió fuerza y esperanza, pero sobre todo, con el paso de los años, he entendido que ante todo lo que transmite es la humildad de reconocer lo pequeños que somos ante el paso del tiempo y que la vida tiene un curso y que cuanto más intentemos controlarlo o evitar cualquier de sus propuestas simplemente nos trae sufrimiento. Las palabras que me llevo cada vez que recuerdo ese cuento es ACEPTACIóN y ENTREGA.

La aceptación del devenir de la vida, la aceptación y reconocimiento de las emociones básicas como el miedo, la alegría, el dolor, la rabia y el poder. Tan alejados estamos de ellas que se han transfigurado y hemos llamado miedo a la cobardía, felicidad a la alegría, dolor al sufrimiento, rabia a la impotencia y poder al egoísmo.

Un niño pasa por todas esas emociones básicas al cabo del día y es verdaderamente sano tanto para su psique como para su organismo. Me pregunto entonces si nostros, los que nos autoproclamamos adultos, pasamos por ellas a lo largo del dia, o de la semana… Cuántas personas veo que a lo largo del dia, de la semana, del mes o incluso que durante años, no se dejan expresar su enfado, o quienes no se permiten estar demasiado tiempo alegres, o quienes, por el contrario, no se dejan sentir el dolor de una situación. Cuántas personas sienten que cortan su respiración, bajan la voz, tensan su cuerpo y llenan su cabeza de pensamientos con el fin de evitar sentir… Con el paso del tiempo, más allá de libros y teorías, veo con mis propios ojos como todas esas personas, con su empeño de evitar tocar esas emociones viven realmente más perdidas y en sufrimiento que si se permitieran entrar en ellas.

La sociedad actual pone al alcance de todos millones de estimulos que permiten a cualquier continuar con esa distracción. Pero en algun momento, todos nos damos cuenta que esa práctica no sirve, no nos llena, sino que parece que genera  una espiral de gasto, esfuerzo, culpa, desamor, decepción de la vida, falta de estímulo y remordimientos. Ante eso poco nos enseñan a hacer. Mientras que la TV te dice que compres, la medicina actual te propone tomar una pastilla; pero nada de eso resuelve el problema.

Cuando yo llegué a terapia y mi terapeuta me contó ese cuento yo me sentía desbordado por mi  situación personal. Estaba haciendo un gran esfuerzo, con muchas actividades profesionales y sociales. Aprendí con el tiempo que todo ese esfuerzo era para no sentir y no afrontar el dolor. Le pregunté: -Para que sirve sentir el dolor, en qué me puede ayudar? Y él me contestó esto:

Hace mucho tiempo. Un rey llamó a su hijo ante su presencia. El rey, desde el balcón de su palacio le mostró a su heredero la vista desde donde se contemplaba su hermosa ciudad. Llena de mercaderes de todas las provincias, maestros y artistas.

El rey le dijo que para que aprendiera lo que significaba realmente gobernar una gran ciudad tendría que aprender a gobernar su vida. Para ello, el rey le dispuso un burro y algunos víveres y le envió ha hacer un viaje.

El principe salió del palacio y de la ciudad sin comprender bien las palabras de su padre, pero aceptandolas con honor. Se marchó de la gran ciudad, siendo esta la primerza vez que iría más allá del riachuelo que la circundaba. Y caminó junto a su burro durane días.

Encontró pueblos a su camino donde pudo trabajar a cambio de comida, aprendió algunos oficios. No pasaba más de uno o dos días en cada lugar. Pues pronto, dentro de él empezó a sentir una sincera curiosidad por las nuevas experiencias que su viaje le deparaba.

Caminó durante meses, y los meses se hicieron años. Y durante todo ese tiempo su burro fue su fiel compañero. Llegado el día, el burro falleció y cayó a la vera del camino. El príncipe, se sintió sobrecogido. No podía creer que su fiel amigo y compañero de tantos años hubiera muerte. Su dolor fue desgarrador. Cavó su tumba allí mismo, y junto a ella se sentó a meditar y a orar por la muerte de su amigo. Su dolor era inmenso y no bastó toda una noche de legarias y oraciones para atenuarlo. Así que por días se mantuvo junto a la tumba.

Las gentes que por allí pasaban vieron su dolor y sintieron una profunda compasión y admiración por él. Le fueron trayendo víveres. Pronto corrió la voz por los pueblos cercanos y algunos peregrinos se acercaron para orar y meditar con él. Un lugareño construyoó con ayuda de su hijo un pequeño refugio de madera que les diera cobijo. Al tiempo, algunos mercaderes pusieron pequeños puestos de fruta y miel. Con el tiempo, empezaron a llegar personas de muchos lugares y se asentaban en la zona por algunos días o semanas.

Pasaron los años y aquel lugar se convirtió en una ciudad hermosa donde gentes de todas las direcciones acudían a comerciar y aprender. Llena de artistas, mercaderes, viajantes y maestros la ciudad rebosaba de un movimiento sereno y riqueza.

Desde su palacio, el príncipe que ya era rey, vislumbró una silueta entre la multitud. Rápido bajó las escaleras y fue en su encuentro. Era su padre. EL príncipe, lleno de emoción quiso compartir su historia: -Padre, no lo vas a creer… Cuando el príncipe acabó de narrar el padre le contestó: -Y cómo crees que se creó mi ciudad? Y es que algo doloroso puede convertirse en algo realmente bello, igual que en el lodo florece la flor de loto. Sólo hay que darle espacio aceptando el devenir de la vida. Pues ninguna lección es más profunda que la impermanencia de todas las cosas.

A partir de comprender esta enseñanza empezó realmente mi terapia, mi formación y mi camino.

  • Foto de portada: Khajuraho, India. Escultura dedicada a la celebración de la vida.

Manuel Cuesta

Manuel Cuesta, terapeuta para adultos, parejas y adolescentes con consulta en Barcelona. Colaborador habitual de Cherif Chalakani en España y Mexico, en trabajos de relaciones parentales y psicoterapia transpersonal; conduce grupos de terapia y talleres, combinando la terapia gestalt con la terapia corporal. Es instructor de meditación budista tibetana, y es colaborador y docente del Espai Gestalt y del Espai TCI. Colaborador tambien en Alas Barcelona, centro dirigido por Andrés Waskman. Si estás interesada/o en solicitar consulta puedes llamar o escribir al 668881268 o bien usando el formulario que encontrarás haciendo click aquí
Manuel Cuesta

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