Sin comentarios aún

El diente de Buda

Dígase reliquia, dígase gurú:

“En una aldea del Tíbet central vivía un mercader que se había enriquecido notablemente comerciando con la India. Todos los años, cuando llegaba el
buen tiempo, dirigía una caravana de treinta yaks cargados de lana, sal, turquesas y lapislázuli, y regresaba antes de que cayeran las primeras nieves con un cargamento de especias, té y algodón. Nada original, pues la base del comercio es exportar lo que abunda en un país e importar aquello de lo que anda escaso, y viceversa. Pero, a diferencia de la mayoría de sus colegas más ricos, y a pesar de los peligros de un trayecto tan largo a través de puertos escarpados infestados de bandidos y de demonios, nuestro comerciante hacía él mismo el viaje. No dejaba que nadie que no fuera él se encargara de regatear. Era un negociador temible y recelaba de las comisiones ocultas que se lleva todo intermediario, con lo que aumentaba considerablemente sus beneficios. Su piadosa madre, que nunca se alejaba de su molinillo de oraciones, le hacía prometer antes de cada uno de sus viajes que le traería una reliquia de la Tierra Santa de los budistas. Y cada vez que regresaba de su profano peregrinaje o, para gran desesperación de la vieja devota, su hijo, ingrato y sin duda un poco avaricioso, nunca cumplía su promesa. En respuesta a los reproches maternos, el hijo ponía como pretexto las preocupaciones del negocio, los peligros de la expedición, y la rareza y el precio exorbitante de una reliquia auténtica.

Al volver de su último viaje, los remordimientos parecieron apoderarse del comerciante, o quizá no quisiera aguantar de nuevo las lamentaciones de su vieja madre, que con la edad se volvía cada vez más rezongona. Impresionado por la contemplación del esqueleto de un perro que se secaba junto al camino, se le ocurrió una idea luminosa para reparar su olvido y darle una alegría a su querida madre. Sería una mentira piadosa. Sonriendo maliciosamente, cogió una piedra, arrancó un diente de la dentadura del esqueleto del perro, lo envolvió en un trozo de brocado y lo metió en una caja de sándalo con incrustaciones de nácar.

Después de los saludos de rigor, el comerciante le regaló a su madre la cajita de madera preciosa, afirmando que con tenía un inestimable tesoro: ¡un diente
del Buda Shakyamouni en persona! Y de paso añadió que lo había comprado a
precio de oro. Y es que, como digno representante de su gremio, se había convertido en un maestro charlatán.

La beata rompió a llorar de alegría, se deshizo en agradecimientos e incluso llegó a besar los pies de su hijo. Se apresuró a colocar la venerable reliquia en el altar familiar, y le dedicó muchas ofrendas de incienso y pasteles rituales. Invitó a sus vecinas a que fueran a adorar el diente de Buda y la casa se llenó con el sonido constante de los mantras, los molinillos de oraciones y los rosarios.

La casa de la anciana se convirtió en un lugar de peregrinación. Y un día, a la luz temblorosa de las lámparas de aceite, bajo los ojos brillantes de los devotos, el famoso diente de Buda, objeto de tanto fervor, se puso a brillar como una luciérnaga.

Este resplandor sobrenatural no hizo sino aumentar la fama del diente. No había duda de que se trataba de una reliquia auténtica. Las ofrendas de los peregrinos fueron tantas que se pudo construir un templo dedicado a la reliquia.

¿Cómo se llegó a saber el verdadero origen de esta reliquia? Seguramente porque un caravanero que había presenciado el gesto del mercader se liberó, en el ocaso de su vida, de la carga de tan pesado secreto. Se lo reveló, pidiendo que guardara el secreto, a su mujer o a algún compañero de borrachera. Y, ya se sabe, cuando la palabra levanta el vuelo, ni siquiera el cazador más hábil puede capturarla. La historia pasó a figurar en letras de oro en la tradición oral y se convirtió en una leyenda. Y he aquí por qué, en el Tíbet, no se dice que la fe mueve montañas, no. Entre los colosos del Himalaya se suele decir más modes-
tamente que «la fe puede hacer brillar incluso el diente de un perro».”

Añadí este cuento en mi web porque me pareció que representaba muy claramente cómo la mirada colectiva puede deformar la realidad objetiva. La expectación sobre objetos o personas (desde un objeto como el un teléfono móvil, hasta un líder espiritual, un político o incluso un familiar) muchas veces hace que se desprecien o no se tengan en cuenta aspectos importantes que de otro modo serian determinantes. Lo hemos visto recientemente con el maestro budista tibetano Sogyal Rimpoche, por ejemplo. El amor colectivo impedia ver, reconocer y confrontar algo grave que estaba pasando entre él y sus alumnas. Esto pasa en cualquier estructura patriarcal (en cualquiera). Y pasa también con políticos, falsos líderes y también con los falsos gurús que se dedican a dar charlas por doquier vendiendo ungüentos emocionales y cataplsmas varias, los pseudoterapeutas más o menos mediáticos, que afirman tener la llave de la felicidad y el camino para sanar, o pseudomaestros que propician su propia adoración y la competitividad entre sus discípulos. Son los que buscan que las miradas se posen en ellos y que te hacen sentir culpable por no conseguir aquello que te dicen que es tan sencillo. Garantía de frustración y generadores de dependencia. Aunque muchos de ellos, en algún momento, resplandezcan no aportan compasión hacia uno mismo y sus propuestas son tan seductoras como huecas. Estamos en un momento donde todo eso caerá, tarde o temprano. Porque sencillamente es insostenble para nuestro desarrollo. Habrá un momento en el que creceremos (pues el patriarcado nos quiere infantilizados añorando al padre y compitiendo por él) y (ojalá) nos demos entonecs cuenta de cuándo estamos venerando el diente de un perro.

  • Cuento publicado en “Cuentos de los sabios del Tibet”, recopilación de Pascal Fuliot. Publicado en Ed. Paidós.

Manuel Cuesta

Manuel Cuesta, terapeuta para adultos, parejas y adolescentes con consulta en Barcelona. Colaborador habitual de Cherif Chalakani en España y Mexico, en trabajos de relaciones parentales y psicoterapia transpersonal; conduce grupos de terapia y talleres, combinando la terapia gestalt con la terapia corporal. Es instructor de meditación budista tibetana, y es colaborador y docente del Espai Gestalt y del Espai TCI. Colaborador tambien en Alas Barcelona, centro dirigido por Andrés Waskman. Si estás interesada/o en solicitar consulta puedes llamar o escribir al 668881268 o bien usando el formulario que encontrarás haciendo click aquí
Manuel Cuesta

RelatedPost

Publicar un comentario