Ternura

Anteayer en un grupo salió la palabra “ternura”. Muchos hablaban de la importancia de ser tiernos los unos con los otros. También vimos que muchas veces ser tierno con el otro no implica ser visto. Hay personas que sólo se relacionan desde la ternura. La ternura también puede ser impostada. Instrumentalizada. Hay personas que agreden así. Cuando una madre le dice a su hijo de 40 años “tú siempre serás mi bebé” es tan tierno en la forma como agresivo en el fondo. Hay personas que frente a una agresión no son capaces de poner límites. La ternura como cárcel. Y la mayoría coincidíamos en que la gran dificultad estaba en eso de ser tiernos con nosotros mismos. Tratarnos bien. No aguantar. Eso, en concreto, parecía tan común como poco explorado. Para mí, al menos, es clave en mi proceso. Ese dejarme en paz, que dice Flavita Banana en la viñeta. Ese hacer consciente que si el trato que nos damos se lo diéramos a un otro, sería maltrato. Y vimos, o eso me pareció a mí, que si la ternura no nace de la compasión, está hueca. Esa compasión que no es condescendencia, que no es pena, sino que es “es un sentimiento humano que se manifiesta desde el contacto y la comprensión del sufrimiento de otro ser. Más intensa que la empatía, la compasión es la percepción y la compenetración en el sufrimiento del otro, y el deseo y la acción de aliviar, reducir o eliminar por completo tal situación dolorosa.” Imaginaos poder tener ese poderoso sentimiento hacia nosotros mismos. 

Cuando he puesto sobre la mesa, trabajando con un grupo, la cuestión de la compasión hacia uno mismo, muchas personas reconocieron no sentirse merecedores, otras personas hablaban de sentirse egoístas, otras lo confundían con autocomplaciencia, otras sugerían que eso llevaba a la pasividad y que era la exigencia es lo que nos ayuda a superar los obstáculos. Muchas respuestas, muchas evitaciones. ¿Y cómo es que evitamos el amor? ¿Qué sentido tiene eso? Y, puesto que no nacemos así ¿en qué momento empezamos a hacerlo? En la misma descripción de la compasión está la respuesta: hay una enorme dificultad en el contacto con el dolor. Y el mayor dolor, las heridas primigenias, se dan en la infancia y en relación con nuestros seres más queridos: nuestros padres y madres.

Una sociedad desacralizada no es la que no reza, sino la que ha olvidado que dolor y amor se pertenecen. La que ha olvidado lo que todas las enseñanzas muestran: que es tras entregarse al dolor de la vida que aparece el amor más profundo. Todas las enseñanzas hablan de cómo la agresividad, la violencia, la indiferencia y la frialdad hacia uno mismo y los otros viene de un corazón cerrado, y que se cerró ante un dolor no atendido. Cuánto más dolor, más cerrazón. 

Vayamos por ahí. Al ritmo que podamos. Sin más excusas ni rollos. Y sin más banalizaciones culposas del amor.

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