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Compasión en el camino

De nada sirve una confrontación o un gesto amable si no nace de la compasión en fondo y forma.

Cada vez que decimos frases similares a “me gustaría ser tal cosa o tal otra”, “me gustaría no estar así”, “cuando acabe esta formación o este proceso entonces si estaré mejor”… en ese momento te niegas, te rechazas, te desprecias. Simplemente no hay compasión para uno mismo cuando esto pasa. Y lo mismo para las emociones, mientras que unos reprimen la rabia, otros reprimimos la alegría. No es diferente. No nos dejamos tranquilos. Buscamos encajar en un molde lejos de lo espontáneo y lo verdaderamente necesario para nosotros. Es una lucha interna continua, ciega, automática y agotadora. Dejarse tranquilo (sin ser autoindulgente) es un gesto enorme de compasión hacia uno mismo.

Entonces el proceso de discriminación (ver que es real y que es ilusorio) se vuelve tan natural como ver un árbol soltando sus hojas secas en la llegada del otoño.

Por eso, huye de cualquier terapia, libro o consejo que niegue o juzgue cualquier aspecto de ti mismo, pues sólo acarreará más culpa, exigencia y peso a tu máscara. En todas las tradiciones se nombra una y otra vez como la lucha con el ego es infructuosa. Cuanto más se lucha contra él más fuerte se hace. Eso no quita las bajadas al infierno. Encontrarnos es un largo camino. Y el olvido empezó hace mucho.

Después de rendirse el héroe se ilumina.

Ser compasivos con nosotros mismos en todo momento, a cada instante renovar el compromiso de una bondad inquebrantable en nosotros mismos. En lugar de poner una depuradora de aguas en nuestra boca, encontrar el manantial interior.

Manuel Cuesta Duarte
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