salud mental

Se suele relacionar la salud mental con este tipo de imágenes: un supuesto estado “zen” que nada perturba. Esto, desde mi punto de vista, es culpabilizador. Un estado saludable implica plasticidad, creatividad, amplitud de respuestas. Es aceptar que las cosas nos afectan y que estamos vivos y en relación, en lugar de buscar alcanzar estados imposibles donde nada nos inmute. Salud mental tiene que ver más con ser espontáneos que con una foto fija. Pasa por aceptarnos con nuestra humanidad, abrazar heridas y virtudes. Y pasa por soltar las imposiciones ultraexigentes de esa psicoterapia positivista que se vuelve contra nosotros, crea depresión y culpa. Yo, particularmente, estoy bastante cansado de estas etiquetas buenistas que lo edulcoran y vacían todo. Ahí no hay verdad. Ahí no hay corazón. Ahí no hay amor. Ahí no hay salud.

La OMS define la salud mental como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades” y, aunque es muy valioso que una institución explique que la salud mental es fruto de la interrelación entre todas las áreas de nuestra vida, es la expresión “completo bienestar” lo que no encaja. No puede haber un completo bienestar a no ser que volvamos al vientre de la madre. Como adultos, aceptar la falta es salud. Aspirar a un “completo bienestar” es causa de enfermedad. Aceptar la falta es aceptar el displacer como parte del proceso. Esto es clave, porque el mensaje de la OMS orienta hacia una meta, otra vez, inalcanzable que niega quizá lo más esencial: el límite.

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