Por amor

Mujer: – Pero qué quieres? ir a casa o al parque?

Hombre: – Pero di algo. Si no dices nada…!

Los tenia a mi espalda. Me giro y veo a la mujer, mayor, de unos 60 y largos. Y al hombre, de unos 40. Ambos le hablaban a alguien. Cuando me muevo veo a quien era: un niño de apenas un año, aún en el cochecito. Juro que en su cara pude ver la tensión y desconcierto. Tenía que decidir sin apenas hablar. Con angustia acertó a decir un tímido “zi” en el momento que la mujer (¿abuela?) decía la palabra parque. A mí, se me ha quedado grabada su carita. Daba por supuesto que el niño que aparecería al mirar seria de cerca de los 10 años, por la intensidad de la voz del hombre (¿padre?). Pero no me esperaba esa exigencia hacia un bebé. No solo por el egoísmo de hacer decidir a niños tan pequeños si parque o casa, si cenar esto o aquello (y que más adelante les convertirá en tiranos ansiosos). Sino la dureza, además, del interrogatorio. Porque en la apertura y la inmensa ternura del niño, esa prisa y esa exigencia son tortura, son violencia. Y que, como niños, no podemos elaborar, no podemos decir “es mi madre o mi padre que están estresados”, no. Lo que se integra es que algo está mal en nosotros, no que el otro es exigente sino que en nosotros algo va mal, que somos torpes, que así, como somos, tal cual, no es suficiente.

Hace años trabajando con mi anterior terapeuta, estábamos viendo el motivo de mi autoexigencia. El motivo por el que lograse lo que lograse todo me parecía poco y dificilmente pudiera disfrutar de lo logrado. Ella me propuso cerrar los ojos y visualizar una escena donde apareciera yo autoexigiéndome. Poco a poco me fue llevando hacia atrás en el tiempo. Y apareció una escena raíz, una escena tipo. Era esta: Mi padre quería hacer alguna reparación del coche. Yo debería tener 8 años. Estaba feliz de acompañarle. Como todo hijo quería pasar tiempo con él, daba igual el motivo. Fuimos a un descampado y él me pidió en un momento dado que, a su orden, arrancase el coche. Yo estaba sentado en el asiento del conductor, cogiendo el enorme volante, muy atento y emocionado, esperando su señal. “Dale!” me dijo. Giré la llave y tenia que darle al acelerador. Mis piernas apenas lo rozaban con la punta. Hacer las dos cosas a la vez era una maniobra difícil. No llevaba ni dos segundos que oigo “le das, o qué!?”. Su tono era tenso, duro, descalificante. Y yo juro que hubiera deseado alargarme las piernas a martillazos para poder arrancar el maldito coche. Todo mi ser estaba ahí, tratando de hacer algo para lo que aún no estaba preparado, no podía, y menos a esa velocidad. Yo estaba deseando que mi padre me quisiera. Estaba en juego, para mí, un niño de 8 años, su amor. Así lo viví yo. Y estaba dispuesto a todo.

Hubieron en mi infancia muchas escenas más duras, pero fue esa a la que llegué en esa sesión y fue clara para mí. Se fijó su sentido aún más cuando pude sentir en la mirada de mi terapeuta su comprensión de lo duro de ese momento. Hasta entonces yo hubiera contado la escena riéndome, como una anécdota estúpida. Pero ella me ayudó a ponerme en el lugar de ese niño. De mi niño. En mi lugar. Y desde ahí ya no pude reírme más. Sino que se abrió un camino de compasión hacia mí mismo.

La mayoría de situaciones que nos marcan en la infancia no son grandes situaciones sino pequeñas escenas cotidianas que tienen un enorme impacto en nosotros y que olvidamos o normalizamos. Y son escenas que se repiten. La exigencia de mi padre no fue únicamente ese día. Se repitió constantemente. Y yo aprendí a alargarme las piernas, a no descansar y a hacerlo todo sólo y ya. Con la terrible consecuencia que, al repetir internamente esa escena, mi padre internalizado nunca estaría satisfecho conmigo. ya daría igual que mi padre en la vida real me reconociese nada, porque la escena interna seguía pendiente, seguía esperando que mi padre saliera de detrás del capó del coche a sonreírme, a abrazarme, a enseñarme, a guiarme respetando mi momento, mis limitaciones y acogiendo mis ganas de aprender y de sentirme útil, sin violentarme.

Comprender eso después de tocar el dolor de esa escena y de esos años, me ayudó a ser cada vez más amable conmigo. En esas estoy. Y me sirve,  también, para empatizar con ese niño de hoy. Al tiempo que me sirve para empatizar con mi padre, tanto en esa escena de mi infancia como en la actualidad. Y la comprensión de cómo es que esos familiares que me encontré junto al parque no eran conscientes de lo que hacían. Para que esa violencia, ese abuso, no pase desapercibido hace falta, primero, comprender el propio abuso sufrido. Sí, abuso. Porque no tengo dudas que si ahora hay un movimiento fundamental y necesario para denunciar el abuso del hombre sobre la mujer y todo lo que eso implica, llegará un momento que empezaremos a ser conscientes del abuso a la infancia. Que es el origen de todo.

En agradecimiento y recuerdo a Cristina Dicuzzo.

  • Imagen: El sacrificio de Isaac, Rembrandt.
Manuel Cuesta Duarte
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