Paraísos

Hay dos paraísos: El primero dura poco, si se alarga morimos sólos es, digamos, un preludio. Y en el segundo nos reunimos con Dios. 

En algún momento empezamos a creer que no, que no debemos cometer faltas ni errores. En algún momento, en lugar de abrazar la falta y caer de ese primer paraíso nos aferramos a él. Nadie nos enseña. Demasiados miedos. Demasiado solos. Y así, en algún momento, lo que es natural se vuelve perverso. 

El segundo paraíso es poder equivocarse, darle lugar al error. El segundo paraíso es el proceso creativo de la vida. Es necesario comprender que el error es parte fundamental de lo creativo. Es necesario comprender que nacemos así. Y que si no creamos morimos.  Que el error deberíamos llamarlo de un modo que se libere de tanta imposición, desvestirlo de atentado. Equivocarse una y otra vez y ver que no hay nada que perdonar. Que Dios ya te ha perdonado. Atravesar esto implicará un duro trabajo. Separarnos con afecto de creencias y enseñanzas de infancia. Atravesar los temores a quedarnos solos. A revivir heridas que creemos insostenibles. Infiernos, dicen. El diablo interior, lo llaman. Atravesar en umbral una y otra vez. Hasta reaprender que hay algo vital en eso. Un parirnos repetidas veces. No sé si eso acaba nunca. Diría que no. Diría que ojalá que no. Diría que el paraíso es eso. Y que el error se parece bastante al humor. Abre espacios. Y los amigos budistas dicen que del espacio a la conciencia hay un pelo. Diría que Dios está ahí. Donde siempre ha estado. Al lado. Sonriendo. No retando ni poniendo pruebas. Simplemente ahí. Sonriendo. Alegrándose cada vez que me equivoco.

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