Arrojo y práctica

Lo que más me ha servido en mi proceso personal (más allá de terapeutas, maestros, técnicas y plantas sagradas) han sido dos cosas: atreverme a entrar en la tempestad y repetir la cosa. Lo llamo Arrojo y Práctica. Esto es lo que veo hoy, ahora. A lo primero (terapeutas, herramientas, plantas) lo llamo canal y a lo segundo actitud. Estar dispuesto a entrar en la tormenta no significó que lo que encontrase fuera tormentoso, muchas veces no fue una tormenta lo que ocurrió, ni tan grave como esperaba. Otras veces si. Y está bien.

La cosa, el arrojo, a veces es parar, otras comprometerse, otras lo que sea, pero siempre consiste en atravesar un umbral. Y tras la puerta, nace un algo nuevo.

Pero queda poco, muy poco, si la cosa no se practica. Si eso nuevo no se revive, experimenta, y se comprende cómo se ha llegado ahí. Esto del viaje es básicamente cuestión de arrojo y práctica.

Al Arrojo también lo llaman “entregarse al Misterio”. Porque no es un ir a lo loco. Y tiene que ver con lo masculino, con la flecha, el foco, con la buena rabia. Y la práctica, pasa por la humildad y también por lo contemplativo, por lo femenino, por esa apertura, generosa, que acoge lo que pasa. Es un recipiente más amplio que lo inmediato. Es un “a ver a dónde me lleva” sin reservas y saber que el fruto que resulte no va a ser comprendido inmediatamente. Que llevará tiempo. Que la costumbre que tenemos es a lo conocido, no necesariamente a lo actual ni a lo sano. Y que en ese tránsito, lo que sentimos incómodo, es parte esencial del viaje. Como el canal del parto, que se estrecha antes de alumbrar a un nuevo mundo.

Hay un nosotros, queriendo, con ese arrojo, decidiendo… un nosotros porque no estamos sólos, hay un “yo” que se hace Padre en ese paso y “yo” que se hace Madre mirando, apoyado, participando, queriendo. Ahí nos hacemos pareja, LA PAREJA INTERIOR, y abrazando el fruto nos hacemos familia, LA FAMILIA INTERIOR.

La metáfora del nacimiento encuentro que se mueve en paralelo entre el viaje fisiológico y psicoemocional. ¿Acaso nacer no es un salto hacia la muerte? ¿Acaso el guerrero no renace en cada batalla? ¿Acaso no fuimos heridos en los momentos donde aprendíamos a vivir, estábamos más curiosos y éramos tan inocentes!?

Recuperar el guerrero/a no es ir a lo destructivo, bien al contrario, es recuperar el espíritu del compromiso con la vida. Ese espíritu donde la vida, y yo, no somos cosas distintas ni alejadas. No, no creo que ese espíritu fuera roto, creo que fue puesto en suspenso, congelado, disfrazado, olvidado, pero ahí sigue, porque es inquebrantable.

Arrojo y práctica.

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