
Somos adictos porque la comunidad falla (parte 1)
Tiempo de lectura: 2 minutosLa neurosis es la evitación del contacto. Eso que llamamos carácter, o ego, o personalidad, es en realidad una forma creativa de sobrevivir, pero también una forma creativa de dejar la puerta abierta. El carácter no es un cuarto aislado, tiene poros. Es como si estuviera diciendo: me he defendido para superar situaciones muy difíciles pero no me he perdido del todo en el camino.
La cosa es que necesitamos un entorno para poder adentramos en ese encuentro. Un entorno, una cultura, ritos de paso, símbolos y un acompañamiento que nos lo permita. Cuando eso no existe no solo no podemos parar sino que esa sensibilidad es insoportable y necesitamos sumar las adicciones.
Adictos somos todos. Y lo somos en la medida en la que no hay un entorno que permita atender el dolor.
Cuando el dolor es terrible la adicción puede ser una vía de seguridad. Una ayuda a disociarse, a llevar el foco hacia otro objeto que no sea el propio dolor y a tener instantes de descanso de un sufrimiento insoportable.
Con unos 20 años tenia un amigo con un diagnostico de bipolaridad que además era alcohólico. El tratamiento que recibía era de tolerancia cero al alcohol y a cualquier otra sustancia. Veía su lucha, su angustia, sobretodo por las noches, en su casa, solo. Porque no había una comprensión de su dolor, y le habían arrebatado aquello que le ayudaba a sobrevivir. Se acució su trastorno. No es la primera vez que veía eso ni la última.
Es famoso (o debería serlo) el experimento de Alexander llamado “Parque de las ratas”. Las ratas aisladas consumían droga hasta morir; las ratas en una comunidad con actividad y compañía apenas la tocaban.
Pero nuestra comunidad no existe. Somos un grupo de personas compitiendo unas con otras, llenas de mandatos que no nos dan comprensión, colaboración y unión, sino miedo y culpa. El catolicismo es un cáncer, y sus valores son perversos. Hemos fracasado como sociedad y necesitamos refundarnos con otros valores, otras miradas y el catolicismo, como los modelos económicos que nacen de él, deben cuestionarse sin paliativos.
Imagen: Lucía Lamata

