
El tiempo ya no es casa sin ritos que nos ayuden a encarnarlo
Tiempo de lectura: 2 minutosAyer en la presentación del libro se nombró brevemente la falta de rito. Para mi es muy grave. Gravisimo. Hace de nuestra vida algo insulso. Nos convertimos en ansia. No pudiendo descansar en el tiempo. El tiempo ya no es casa sin ritos que nos ayuden a encarnarlo. Lo que hay son liturgias. Pasatiempos. Los ritos anclan el alma y la carne. Lo concreto y lo inabarcable. Lo que sabemos y el misterio. El uno y la comunidad. La vida y la muerte. La ganancia y la perdida.
La liturgia es convertir el rito, el símbolo, en tiranía de un único significado. El narcisismo, la autoimportancia, la negación de la muerte, lo líquido… se impone. Es la muerte del otro y de mi mismo en relación con el otro.
Las navidades son puro estrés de compras, compromisos, ofensas, nervios, a toda velocidad. Que reflexión hay de la muerte y la vida? La luz y la sombra? ¿De la necesidad de ambas? ¿Del descanso? ¿Del hacer? Del partir y el llegar? ¿Del nacer?
En el dia de la comunión… ¿Qué entrega hay a la comunidad del niño que entra en la pubertad? Qué distancia toma de sus padres biológicos para tomar a todos los padres y madres como familia y saberse hijos de la comunidad? Qué conciencia toma la comunidad que la crianza es responsabilidad de todos?
Sin ritos el individuo muere por su hiperdesarrollo. En lugar de contenerse en la comunidad.
Ahora muchos se preocupan, y con razón, por la IA. Pero lleva siglos pasando lo que tememos que pase.
«Y los ritos son en el tiempo lo que la morada es en el espacio. Pues bueno es que el tiempo que transcurre no nos dé la sensación de gastarnos y perdernos, como al puñado de arena, sino de realizarnos. Bueno es que el tiempo sea una construcción. Así voy de fiesta en fiesta, y de aniversario en aniversario, de vendimia en vendimia, como cuando iba de niño de la sala del consejo a la sala del reposo en la anchura del palacio de mi padre, donde todos los pasos tenían un sentido.»
Ciudadella, Antoine de Saint-Exupéry (1948), (citado por Byung-Chul Han en «La expulsión de lo distinto»).

