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Breve nota sobre la vergüenza

La vergüenza aparece con frecuencia en consulta. ¿Tiene sentido que un paciente se avergüence, por ejemplo, al llorar frente al terapeuta? Sí, tiene sentido. Aún y cuando es algo esperable y hasta necesario, es posible que se avergüence y haga lo posible por evitarlo. Pero… ¿por qué deberia avergonzarse? Simplemente se trata de una cuestión aprendida. No tiene necesariamente que ver con el otro, no tiene que ver necesariamente con la mucha o poca confianza que tenga hacia el terapeuta. Tenemos aprendido, por ejemplo, que llorar o excitarse, necesitar, pedir o reír sin control… es algo vergonzoso y podemos sentirnos así aún y cuando al otro lado haya alguien que nos reciba bien.

¿Pero qué es la vergüenza? Yo creía que era algo puramente humano, un juicio introyectado. Un síntoma, sin más, que aparece al transgredir una norma cultural o familiar. Pero juro que a mi perro le daba vergüenza si le miraba cagando. Esto me dio pistas que la cosa podía ir un poco más allá.

Creo que tenemos (todos los mamíferos evolucionados incluidos) un chivato que viene a preservar nuestra intimidad. Esta es la función que me parece más importante de la vergüenza.

La vergüenza, ya desde la pubertad, aparece en muchos momentos y no siempre de forma coherente o con sentido.

Yo sigo teniendo vergüenza al bailar. De niño mi padre se rió durante tiempo de mis patas de pato. Un día, con 12 o 13 años, estando en familia, me sentía contento, por cualquier razón, y me puse a bailar. La critica a mi cuerpo me llegó de la voz de mi padre como algo paralizante, la sentí más grande que yo. La risa humillante que lanzó me entró hasta los huesos. Se reía de mis patas largas. Parece un pato! decía. Insistía en que estaba desproporcionado. Y siguió con la sorna hasta que dejé de bailar, y después de bailar.

Las personas con mi tipología de carácter no solemos tener excesiva vergüenza seguramente porque no tenemos conciencia de la implicación que tiene exponer muestra intimidad. Somos bastante exhibicionistas. Sin embargo siempre hay rendijas abiertas y, a dia de hoy, aunque me hayan dicho lo contrario, aparece la vergüenza si me miran cuando bailo. En algún lugar sigo creyéndome un pato.

Esa vergüenza viene a preservar mi intimidad, me pide que me retire porque lo que muestro es íntimo y en su momento una critica algo más que torpe me dañó. La vergüenza es una señal de alerta para evitar más daño. Un daño que existió en el pasado pero que, si no la atiendo bien, el daño sería hacerle demasiado caso.

La vergüenza la noto en el cuerpo. La vergüenza para mi es correosa. Se parece a cómo siento el miedo.

Otras veces la vergüenza aparece cuando se atraviesa un mandato, bien sea familiar o cultural más general (porque el mandato particular del ejemplo anterior era que en casa la alegría se castiga).

Lo cultural, lo social, lo compartido, es otra forma de marcar un límite. Y, atravesarlo, puede causar vergüenza. No es necesariamente un mal límite, en absoluto, el problema es hacer de la vergüenza algo limitante. Pasa como con el miedo. Tanto la vergüenza como el miedo necesitan escucharse con detenimiento. Es posible que la vergüenza sea un sentimiento que deriva del miedo, y entiéndase que el miedo es absolutamente necesario.

A lo que voy es que la vergüenza es universal y hasta sana. Huid cada vez que oigáis que no hay que tener vergüenza, que es lo mismo que decir que no hay que tener miedo. No hay una sola parte de esa construcción que se salve.

Mi enfoque pasa por “aún con vergüenza, hacerlo”, pero… incluyendo la cuarta dimensión. Es decir, el tiempo. Es decir, el ritmo. Al espacio (donde tiene lugar la acción) hay que añadirle el tiempo determinado y el ritmo. Son los elementos que permiten que haya acoplamiento, entre lo externo y lo interno, entre el individuo y el medio. No sólo es hacerlo aún y con vergüenza, sino incluyendo el tiempo necesario, el ajuste, que cada quien requiera sin pasarse a la contrafobia o a la procrastinación.

Para algunos la vergüenza es un burladero en el que esconderse y no salir al ruedo, donde la vida ocurre. Hay quienes la niegan constantemente. La vergüenza puede aparecer en cada esquina si queremos vivir plenamente, ya que vivir implica explorar el límite, la frontera, lo creativo, constantemente.

Manuel Cuesta Duarte manuelcuesta@paziencia.com

Manuel Cuesta, soy terapeuta gestalt con consulta en Granollers y online. Dirijo Paziencia desde 2010. Ofrezco acompañamiento en terapia individual y de pareja, dirijo grupos de supervisión para terapeutas y grupos de terapia. Colaborador de Cherif Chalakani desde hace 14 años. He sido docente del Proceso Hoffman en España, dirigido grupos de hombres en movimiento y colaborado con diferentes escuelas de formación Gestalt y corporal.

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