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El 25 de diciembre y Santa Claus

En el 335 dc, el papa Julio I dijo que Jesús había nacido el 25 de diciembre (no se sabía su fecha). Casi 100 años antes, el emperador Aureliano había fijado que el tercer día después del solsticio de invierno fuera el día del Sol Invictus.

El Sol Invictus era una forma simbólica de reconocer el proceso vital, del valor de la noche del alma, de los cuellos de botella; recordar que la oscuridad (la falta) es la posible antesala de un alumbramiento (si se entrega uno a ello, el lanzarse al abismo, a la tragedia, que no al drama).

Pero eso no tenía mucho de católico (aunque es la misma enseñanza de la pasión de Cristo). El papa de turno camufló con su decisión la celebración pagana (y también la enseñanza cristiana, lo simbólico).

Por las mismas fechas, la tradición romana de la celebración de Saturno (el Kronos griego, dios padre del tiempo y la agricultura, en la que se hacian regalos a los niños que representaban la inmortalidad) fue derivando al largo de los siglos en las saturnalias (la celebración de la eclosión de la vida, la luz y la primavera) y posteriormente en San Nicolás y luego Santa Claus.

La importancia del mito

El mito es necesario. El mito nos sostiene. Sin el mito no hay sociedad, no hay verdad, no hay comunidad, no hay vida emocional. La simplificación del mito (cuando uno cree que lo que se cuenta es real en lugar de simbólico) existe el riesgo de perderse, de quedarnos pequeños, de no madurar, no dar el paso, y perdernos como sociedad.

Las iglesias han causado esa ruptura dentro de la religión. La religión ofrece un marco simbólico. Las iglesias aparecieron imponiendo un dogma.

Hoy el dogma es el capital. De ahí que lo simbólico que se transmite, por ejemplo, en las artes, en lo creativo o el cuidado del espíritu, sea casi testimonial en la educación de los niños en occidente. Ocupan un lugar, como mucho, de afición más que de oficio.

Los mitos y tradiciones evolucionan y reciben influencias constantes. Esto es sano y natural. Pero se ha perdido esa comprensión de un tiempo mayor que uno mismo y se suelen tomar por definitivas y atemporales por quienes las celebran.

Mantenemos una búsqueda compulsiva del paraíso, un lugar idealizado al que volver, donde todo permanezca bien, imperturbable, intacto. Esto está en consonancia con el ir perdiendo el significado de lo simbólico, dejar de comprender y valorar el rito, y aquello que afianza que somos naturaleza y, por tanto, finitos, vulnerables y mutables.

La decadencia del mito

Julio I hizo lo propio en su momento, pero las alternativas se han seguido sucediendo y desde mediados del s.XX Santa Claus es convenientemente raptado por esta ideología económica, que se impone. Porque es el capitalismo desmedido, no otra cosa, nuestro dogma actual.

El personaje bonachón de traje rojo y barba blanca juzgaba si los niños habían sido buenos o malos. Si eran buenos tenían su regalo, sino carbón. Aunque la interpretación familiar sobre el bien y el mal era precaria este gesto implicaba, al menos, un límite.

Pero ese aspecto entraba en conflicto con el consumismo que trae esta modalidad de capitalismo. Con el tiempo, poner carbón bajo el árbol ha caído en desuso. Ya no hay niños sin regalos, y cuando eso ocurre el entorno lo juzga como un acto cruel.

Hay otros mitos importantes que se realizaban en estas fechas y que propiciaban el transito a la madurez. Como el de los Kachina, en América del norte, que llegaban para llevarse a los niños lejos de sus padres. Esto, en lugar de ser entendido como algo terrible «los Kachina eran parte imprescindible del rito de paso de un adolescente a la adultez. Conociendo el secreto de que los kachina eran, en realidad, los padres, se separarían para siempre del mundo de los niños, y ahora serían incluidos en situaciones de las que previamente habían sido excluidos.» dice Noemí Villaverde.

Es decir, que Santa Claus, como los kachina, representaban el rito del límite, una forma de poner de manifiesto que los actos tienen consecuencias. Y ese es un camino a la madurez necesario que está despareciendo.

Los días posteriores al solsticio de inviern, del 21 al 25 de diciembre, eran días de importantes celebraciones con un fuerte componente simbólico que fue transformándose a lo largo de la historia y de manera particular en cada cultura. Sin embargo, es fácil, como decía Campbell, encontrar similitudes entre todos ellos.

Como sociedad sufrimos ahora una progresiva desacralización, una banalización de las celebraciones y de sus símbolos. El reto, por tanto, es recuperar ese pensamiento místico, simbólico, y complejo que se transmite a través de los mitos.

Mientras todo esto sucede, nos encontramos y celebramos juntos el 25 de diciembre. Eso ocurre incluso mientras la ideología del momento impone su alegato. Al final, quiero pensar, que lo que prevalece es el reunirnos con quienes queremos o hemos querido. Con todo lo que eso trae. Una oportunidad para recordar y honrar el linaje y el de dónde venimos. Y, ojalá, dedicarnos un tiempo para recuperar el sentido de los cuentosa, de las leyendas, de los mitos, que nos dan sentido. Feliz noche.

Bola extra

El uso neoliberal de Santa Claus desde los años 70 y la revisión de algunos de los elementos de la navidad: http://unaantropologaenlaluna.blogspot.com/2014/12/santa-claus-la-pira-la-carcel-y-la.html

Manuel Cuesta Duarte manuelcuesta@paziencia.com

Manuel Cuesta, soy terapeuta gestalt con consulta en Granollers y online. Dirijo Paziencia desde 2010. Ofrezco acompañamiento en terapia individual y de pareja, dirijo grupos de supervisión para terapeutas y grupos de terapia. Colaborador de Cherif Chalakani desde hace 14 años. He sido docente del Proceso Hoffman en España, dirigido grupos de hombres en movimiento y colaborado con diferentes escuelas de formación Gestalt y corporal.

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