Adolescencia?

Adolescencia tiene un significado que conocemos poco, y es el de adolescer, vivir o transitar dolor. Es un momento difícil, mucho, pero que la sociedad no contempla como tal, sino más bien lo contrario.

A los adolescentes se les aparta, se les dice continuamente lo que deben hacer, son objeto hasta de burla durante su propio desarrollo físico, sin que el entorno familiar o en la escuela o instituto se entienda bien que lo que uno esta viviendo es una profunda transformación que necesita apoyo, espacio y confianza. En esta edad necesitan especialmente sentirse comprendidos y apoyados.

Es un momento de duelo y no somos los adultos conscientes de esta situación ni el propio adolescente lo es, porque no se le da ese espacio. Es el duelo que vive quien deja atrás la infancia para transitar hacia el adulto. Como sociedad no sabemos cuidar los duelos ni las transiciones, solemos solemos ignorar nuestras emociones y es normal, por tanto, que en la adolescencia se viva una tristeza profunda, rabia, sentirse perdidos, vulnerables… Un duelo así no es una cuestión menor.

Un duelo que también viven los padres, pues deben despedirse de la niña (de su pequeña) para abrirse a otra relación con una niña que transita hacia la madurez. Y en ese transito, padres y madres ejercerán no la educación que desean, sino muchas veces la aprendida. Se preguntarán “¿porqué estoy actuando igual que mi madre lo hacía conmigo, si no me gustaba nada?”. A menudo los padres también se sienten especialmente impotentes y desbordados. No es fácil sostener la frustración y muchas veces aflora en forma de conflictos o competencia, en dificultades en la comunicación y en la comprensión de lo que ocurre.

Es por eso fundamental que adolescente encuentre espacios donde poder tener un acompañamiento sin juicios.

Como padres, las palabras no son suficientes. Es a través de la presencia, el ejemplo y la honestidad que llega el acompañamiento y eso, lamentablemente, pocas veces se da. Bien por un estresante ritmo de vida, por falta de recursos o simplemente porque hacemos lo que podemos y lo que aprendimos en su momento. Pongo un ejemplo:

La madre no está de acuerdo con que su hija se haga un piercing. La chica se ha hecho uno en el ombligo, pero lo lleva tapado. La madre con su desaprobación le está diciendo: yo te perforé las orejas cuando eras un bebé sin preguntarte, pero ahora que eres adolescente no te permito que mandes sobre tu cuerpo. La madre, aun y con la intención de educar y proteger, está mostrando una incoherencia. No se enseña con la palabra sino con el ejemplo sobre uno mismo. La hija contesta con su gesto de rebeldía y culpa: yo hago lo que quiero, te reto, pero me siento culpable, no quiero que te enfades, y lo escondo.

A mi, personalmente me daba mucha rabia cuando veía esto en mi casa, ese doble rasero, ese trato diferencial tan injusto como innecesario muchas veces. ¿Y a quién no?

Ser o pertenecer?

A esta edad (y mucho tiempo antes, en realidad), sin saberlo, tenemos que elegir entre ser o pertenecer. Según el entorno y las posibilidades de cada uno habrán personas que sacrifiquen uno de los dos aspectos. Sin darnos cuenta habrá quien vea que para vivir de la mejor manera en su familia, entorno, amigos, etc. lo más práctico será adaptarse, acoger ciertos comportamientos ajenos, bien vistos y valorados por el entorno que acabarán haciendo propios, al tiempo que iran desconectandose de sus verdaderas necesidades o poniéndolas en duda. De fondo hay una voz que dice “tu por ti misma no eres suficiente, tienes que ser otra cosa, adaptarte, porque lo que tu eres o a ti te gusta no lo ven bien, no lo entienden o lo critican, eso duele demasiado, mejor desconectate, sigue la corriente, haz lo correcto, y todo irá bien.”.

Mirada adolescente

Cuando eso pasa uno recibe el abrazo y la sonrisa de los seres queridos, el reconocimiento, y uno cree que eso es bueno. A fuerza de repetirlo queda en automático, nos acabamos identificando con ese personaje que hemos creado, pero de fondo hay una profunda insatisfacción. Se pueden vivir periodos de tristeza o decaimiento. Muchas personas empiezan a experimentar una necesidad continua de aprobación, internamente viven un “nunca es suficiente” y que, por más que nuestros padres y el entorno nos digan que están orgullosos, ya no nos llena ni nos sirve. Y, por supuesto,  tambien está el excesivo peso de las opiniones, miradas, expectativas de los padres, de l@s compañer@s, aceptación en redes sociales… ¡Cuánto influyen! Uno es más dependiente de esas opiniones cuanto más inseguro se sienta interiormente.

Para otros será justo lo contrario. Sacrifican el pertenecer por el ser. Es tan fuerte el impulso interno para estas personas, es tan imparable, que no lo pueden reprimir. Pero en ese empuje sienten que tienen que sacrificar relaciones, pueden no ser aceptados y se alejan con resignación del mundo, se aislan o se relacionan poco. Hay quienes se refugian y se apartan del mundo, y hay quienes lo desprecian, y hay quienes caminan por encima de él como si nada ni nadie les importase lo suficiente. Pero bajo esa capa de indiferencia sigue habiendo la necesidad de ser queridos, comprendidos y aceptados.

Al final, ¿quién eres realmente? Algunas personas, luchan con todas sus fuerzas para no parecerse a sus padres, pero acaban siendo copias idénticas, incluso en aquellos aspectos que más odiaban de ellos. ¿Cómo es eso posible?

La separación duele

El propio lenguaje que solemos usar es despectivo. Decirle “está en la edad del pavo” es como a una mujer decirle “ya está con la regla”. Adolescencia – adolescer – dolor. Seguramente no hay otra etapa de igual intensidad y de cambios como la del nacimiento y la adolescencia. Parece que poco a poco vamos haciendo conscientes la importancia de estas etapas. Muchos hospitales ya están poniendo atención en las gestaciones y partos respetuosos, y creo que también vamos dejando de ver que el periodo de adolescencia son puras hormonas. ¡Cuánta necesidad de acompañamiento, dignidad y compresión se necesita en esas etapas!

Duele porque es un abandono de la inocencia y también duele la relación con los padres, duele ver que se cae el mito, que no son ni como creíamos ni como dicen ser, y sentimos que superarlos es doloroso porque les queremos y ni queremos que se sientan mal ni que nos rechacen por ello. Es un camino difícil hacia encontrar nuestra verdadera esencia.

Me gustó mucho esta animación, una obra de arte, que creo que recoge mucho de lo que vivimos en ese proceso:

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¿De verdad podemos creer que poner cercos, intentar parar o aplastar este empuje imparable de la naturaleza abriendose paso en nosotros puede no ser doloroso? Creo que este periodo asusta porque no se puede controlar. Y vivimos en una sociedad donde el control es la norma. ¿Se trata de vivir sin normas? No, lo que digo es la necesidad de encontrar un equilibrio.

Los adolescentes necesitan ayuda para poner orden interno, reconocer lo que les pasa (porque muchas veces ni lo saben), y luego aprender algunas herramientas. Es básico aprender que lo que vivimos no sólo es normal sino también necesario y que únicamente necesitamos aprender a vivirlo, a colocarlo en cada momento sin aplastarlo ni que nos desborde. Esto nos pasa a todos, pero en la adolescencia es aún más intenso, más desbordante y cuentan a esas edades con menos recursos.

Problemas derivados y síntomas

Todo estos problemas que nombraba, junto con modelo educativo, la búsqueda de conseguir objetivos, de tener que decidir tan jóvenes “a qué me quiero dedicar toda la vida”, la comparación continua y una sociedad orientada a competir, que no da un respiro…

Todo este contexto genera mucha ansiedad, estrés, problemas de autoestima, depresión, rechazo por el cuerpo, dificultad en gestionar las emociones, autolesiones, problemas sexuales, genitalizacion del placer, dolor en las relaciones sexuales, inhibición del deseo, trastornos alimentarios de varios tipos, conflicto con la autoridad (tanto en exceso de rebeldía como en exceso de sometimiento e incapacidad para confrontar), complejos de inferioridad, fobias, conductas obsesivas, la búsqueda de ponerse en riesgo, adicciones, desafeccion, doble personalidad…

La terapia puede servir para poner conciencia a lo que sea que te esté pasando, reconocer el problema, dotar de mejores herramientas, tanto a adolescentes como a los familiares. Y se necesita, para ello, un acompañamiento específico.

A qué edades puede ir dirigida la terapia?

Apersonas de entre 14 y 21. El tiempo de la terapia depende de cada caso, persona y situación. Todo esto lo vamos viendo en las primeras sesiones. En ese proceso contemplo especialmente que los padres puedan tambien tener algunas sesiones conmigo para revisar aspectos que puedan estar influyendo en el comportamiento del hijo. La terapia funciona mejor cuando toda la familia participa aceptando cada quien su grado de responsabilidad y pudiendo corregir o mejorar situaciones cotidianas.

No es, por supuesto, un espacio donde criminalizar ni culpar a nadie, ni ir a terapia es un drama. Al contrario. Desde los años 60 la terapia se fue orientando no sólo a enfermos, sino que la psicología humanista se desarrolla especialmente para trabajar en el desarrollo de las personas, para aprender de a estar mejor con lo que nos pasa. Así de sencillo. Y qué importante es tener un espacio de intimidad donde poder expresarte sin juicio! Eso ya en si mismo necesario y sanador.

Si estás interesada/o en solicitar consulta puedes llamar al 668881268 o utilizar el formulario para ponerte en contacto conmigo.